Las caras más visibles del cambio cultural

Dejar el país de origen, llegar a Chile y tratar de insertarse. Aquí, las dificultades, las ventajas y las experiencias que seis inmigrantes han tenido en nuestro país.

Dalinx Noel (33)

“Antes de llegar, sabía que muchos de los míos se querían venir a Chile”, explica Dalinx Noel mientras mira jugar a la pelota a otros diez de sus compatriotas. Él es presidente de la comunidad haitiana en el país: “Lo más lindo que hago es ayudar a los recién llegados a sobrellevar el duelo migratorio”, cuenta a Noel y luego agrega que el frío del invierno y el desapego de su tierra natal, son las dos cosas a las que más le ha costado acostumbrarse a él y a su esposa que llegó pocos meses después que él.

Desire Peña (26)

Es venezolana y a Chile llegó en noviembre del año pasado. “Me vine por superación social y metas personales”, dice. Al principio pensó en irse a Argentina, hasta que revisó la situación económica y política de los países de latinoamérica y se decidió por Chile.

En Venezuela era artista visual; en Chile trabaja como cajera en una peluquería. “Me voy a dar un plazo de dos años para ver si puedo hacer las cosas para las que estudié pero estoy contenta y agradecida de estar acá”, afirma Peña.

Brian Fegar (31)

“Soy de Francia y vine a Chile por primera vez en 2007 por seis meses a un intercambio estudiantil. Me gustó mucho, sobre todo la gente; su comportamiento, su cultura, por lo que en 2009 volví a terminar mis estudios de ingeniería comercial. No era necesidad, eran ganas de volver. Me radiqué definitivamente en 2013 y trabajo como consultor tributario. No me arrepiento y no tengo planes todavía de moverme de aquí”.

José Gregorio Hernández (30)

“Soy venezolano y hace un año me di cuenta, de manera dolorosa, que había que esperar un milagro o buscar otro lugar donde vivir y me vine a Chile. Llegué al barrio Yungay y me acerqué a la parroquia para seguir cerca de la iglesia como lo estaba en mi país. Así, conocí a Juan Carlos Cortés, el cura que me tendió la mano y me dejó llevar las finanzas de la parroquia e ingresar al grupo de movilidad humana, que custodia a inmigrantes que llegan al sector.

Hace poco pude traer a mi hija, a mi hermana y a una tía a Santiago. Acá encontramos una paz y tranquilidad que los venezolanos apreciamos a simple vista”.

Luis Parada (24)

Una de las entradas a La Vega dan con “Imperio” un carro de confitería atendido por su propio dueño, Luis Parada, proveniente de Bogotá, Colombia. Instaló el negocio hace pocos meses y cuando apenas llegaba a Santiago. “Me vine para ayudar a mi familia que se encuentra en mi país. Primero fui mesero y después, comprando verduras, se me ocurrió pasar a preguntar si es que podía instalar un negocio en La Vega para vender las cosas que se comercializaban en el lugar en que yo trabajaba”, dice.

Segundo Tello (42)

Lleva más de dos décadas en Chile. Se vino escapando de la crisis política que había en su país cuando tenía 19 años y llegó en un momento en que había mucho más prejuicios contra los vecinos. “Fue duro, porque no tenía estudios”, recuerda. Trabajó, entonces, en construcción, de copero, en restoranes y cafeterías. Ahí, encontró su nicho. Se instaló en La Vega hace un año con el Café Nirvino, un carro de café de grano que ha tenido gran exito. “Costó, pero estamos contentos con mi señora. Las buenas oportunidades si se buscan, se encuentran”, dice.

Seguir leyendo