El año de la marmota

En la tele, este 2017 es el año de la inmovilidad, de la repetición. Ver la pantalla abierta chilena muchas veces parece un ejercicio autorrecursivo.

Nada parece haber cambiado. En la tele, este 2017 es el año de la inmovilidad, de la repetición. Ver la pantalla abierta chilena muchas veces parece un ejercicio autorrecursivo. La televisión toma la forma de casa sin puertas o una cabeza con los ojos cerrados; es un cuerpo que aprieta los dientes y contiene la respiración hasta casi asfixiarse. Se entiende: el miedo al cambio es también el miedo a la muerte, a la extinción. Es salvar el presente ante la amenaza que supone cualquier tipo de futuro, pues en el éter todo puede volverse olvido. Es espantar la crisis simulando que no existe mientras se anclan a lo que ha dado resultados, a lo que ha conseguido sobrevivir. Ahí, el espectador percibe aquello porque muchas veces se convierte en una pesadilla hecha de tedio. Todo lo que recordábamos de décadas pasadas sigue ahí. El tiempo no ha pasado. En la tele chilena ciertas ideas y formatos se estiran hasta volverse fósiles, hasta convertirse en piezas de un museo imaginario.

Anoto. Los matinales siguen ahí (duran ahora hasta las 13 horas), continúan siendo una transmisión enviada desde un planeta propio; idénticos a los de las décadas pasadas, no importa el nombre del canal, ni quién los anime. Es el mismo modelo de estudio, el mismo tipo de luces, los mismos muebles, las mismas plantas artificiales, los mismos rostros: Tonka, Raquel Argandoña, Katherine Salosny, Pamela Díaz; las mismas conversaciones, la misma crónica roja mal ejecutada, los mismos especialistas en cualquier cosa y doctores que dicen burradas esotéricas, mismos horóscopos y tarotistas de diversa laya.

Don Francisco sigue ahí. Pura metatelevisión monumental viviente: ahora sus programas son sobre los programas que alguna vez hizo; en el 2017 Mario Kreutzberger se fagocita a sí mismo y trata de leer su legado, recorre el territorio como un fantasma buscando las pistas de su propia memoria; la tele es el país al que trata de aferrarse; hay algo del Rey Lear en él, un Lear que no sabe que es tal, que ha perdido su reino y al que solo le queda el título mientras trata de habitar el páramo de su propia memoria.

Carlos Pinto sigue ahí (ahora en Canal 13, no sabíamos cuánto lo extrañábamos, no teníamos cómo saber que ese horror trash también podía suscitarnos nostalgia, no recordábamos cuánto le habían robado los otros).

Jaime de Aguirre sigue ahí (estuvo en Chilevisión, luego salió de modo indecoroso, recaló en el 13, salió de ahí; volvió a TVN; lo que es tan predecible como desolador).

Yingo sigue ahí, su legado persiste de modo irrevocable: Karol Dance ahora se llama Karol Lucero y anima matinales y realities. Arenita salió de pantalla y volvió hace dos semanas a Primer Plano; nunca perdió la habilidad de inventarse a sí misma, de improvisar un drama secreto ahí donde no había nada: contó una cita de reconciliación con Karol Dance; alguna vez fueron novios; ella lo llevó a la tele. La historia que narró volvía sobre el corazón de sus viejas penas de amor: la visita a un departamento lleno de espejos, cámaras y sushi; la descripción de la muralla de un baño lleno de fotos de Karol Dance, un altar hecho de su propia fama.

Alex Hérnandez sigue ahí (un estilista cuya paleta ha crecido a nivel planetario: el Festival de Viña es ahora una obra de arte suya).

Los culebrones turcos y los bíblicos siguen ahí (llevan unos pocos años, pero parecen haber envejecido de modo acelerado, como si estuvieran ahí desde siempre; sus nombres se confunden, lo mismo que las tramas, cualquier exotismo parece haber desaparecido, los héroes y profetas del Viejo Testamento tienden a parecer protagonizados por el mismo solo señor).

Tolerancia Cero sigue ahí (ahora está un poco remozado. Están Daniel Matamala y Mónica Rincón, los políticos siguen yendo como si fuese un oráculo, una prueba de blancura sanguinaria donde deben sobrevivir a las preguntas eternas de Paulsen y al desprecio de Villegas; un ritual lacerante, donde tratan de probarse a sí mismos, de graduarse en el culto a la personalidad sin que lo parezca, disfrazándolo de servicio público).

Hay más, pero no tiene sentido enumerar. Todo lo anterior es divertido, pero también inverosímil, al modo de El día de la marmota, esa vieja y perfecta película de Harold Ramis donde Bill Murray despierta siempre en el mismo día. Murray está atrapado en una burbuja hecha de gestos y conversaciones idénticos; el paso del tiempo es una ilusión. En este 2017 ver tele a veces provoca esa sensación, la de avanzar por un museo de pantallas congeladas que parecen vitrinas llenas de animales embalsamados que hacen gestos mecánicos mientras tratan de demostrarse a sí mismos y a los otros que están vivos y no son un artificio o ilusión alguna.

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