La disputa por el lenguaje

¿Nos hemos vuelto los chilenos más respetuosos del otro? Efectivamente, la irrupción de la diversidad ha hecho surgir un mayor respeto a las diferencias; sin embargo, esto ha causado una reacción en contra que critica la corrección política.

La aprobación de la ley contra el acoso callejero, en abril de este año; la crítica a chistes homofóbicos en los festivales de Viña y de Olmué, o la viralización de un video en que dos clientes de una farmacia discriminan a una vendedora porque es inmigrante, y el repudio que eso causó, marcan un largo trayecto que partió hace no tantos años, cuando para muchos estas actividades eran “sólo un chiste”.

¿Nos hemos vuelto los chilenos más respetuosos del otro? Efectivamente, la irrupción de la diversidad ha hecho surgir un mayor respeto a las diferencias; sin embargo, esto ha causado una reacción en contra que critica la corrección política, la que ven reflejada, por ejemplo, en un lenguaje inclusivo y no discriminatorio. Este aún es un campo en disputa en Chile, que se da principalmente en los escenarios artísticos, los blogs o las páginas de comentarios de noticias.

Si bien las fuentes difieren, el término “corrección política” se comenzó a utilizar principalmente en los Estados Unidos a fines de los 80, como una crítica hacia aquellos movimientos que, pretendiendo eliminar prejuicios en la educación y en el lenguaje, caían irremediablemente en nuevos estereotipos. Este concepto se torna así en una bandera de lucha ideológica: los grupos conservadores criticaban a los liberales, ya que los veían atentando a las formas históricas de hacer las cosas. El debate era por qué debía dejarse de nombrar algo o alguien de una forma solo porque les molestaba a los aludidos. Para quienes estaban en contra de la corrección política, este proceso de cambio les afectaba en la construcción de su propia identidad.

Como gran parte de estas dinámicas culturales, este fenómeno llegó a Chile con retraso. Si bien ya en los 90 existían leyes contra la discriminación arbitraria, la disputa por el lenguaje -y las identidades asociadas al mismo- no aparece hasta entrado este siglo y surge asociada a los movimientos por la diversidad sexual. Pero como toda disputa cultural, es un proceso complejo. Algunos, como Lemebel, por ejemplo, reivindicaban el uso del término “loca”, ya que la palabra “gay” hace referencia a una posición de clase y no sólo de sexualidad. Una disputa similar se dará con la construcción de otros términos, como son la relación entre lo negro y lo afrodescendiente.

La presencia de más inmigrantes ha llevado a una discusión sobre cómo llamar a aquellos que son diferentes y nuevos en nuestro mundo. Igualmente, está la disputa por el inmigrante que entra irregularmente, el indocumentado y el ilegal, disputa en la cual ni siquiera los expertos en el tema se ponen de acuerdo.

“¿Qué hay detrás de un nombre?”, se preguntaba Shakespeare en Romeo y Julieta en torno a la idea de que a algo por mucho que se le cambie el nombre no deja de ser lo que es. Luego se respondía: “Lo que llamamos una rosa por cualquier otro nombre olería tan dulce”. Aquí falló este autor. El lenguaje crea realidades y las sociedades mejoran cuando reconocen que las identidades que son creadas por el lenguaje pueden construir o dañar. Chile va por un lento, pero buen camino. El rechazo a quienes ocupan términos que denigran a las mujeres, homosexuales o migrantes, entre otros, hace de Chile un país mejor, que va aprendiendo de sus errores y pone al otro en una condición de igual.

Pero esta es una lucha que no ha terminado. La malentendida corrección política y el anonimato de internet, entre otros espacios, permiten aún que se usen términos como “feminazis”, “inmigrantes ilegales” o se traten de adueñar de consignas como #niunamenos con el objetivo de recuperar espacios de poder y de discriminación, escudándose en el ya clásico “pero si era sólo un chiste”.

Seguir leyendo