Chilenos somos

Buena parte de lo que somos es lo que aspiramos a ser en el futuro. Eso pensé mientras recordaba ese pasado reciente y todas las cosas que alguna vez soñamos llegar a ser.

Buena parte de lo que somos es aquello que los otros nos dicen que somos. Eso fue lo que pensé cuando me di cuenta de que habían pasado 25 años desde la Exposición Universal de Sevilla, aquel acontecimiento que el gobierno de la época, los medios y un grupo importante de la sociedad civil consideró como el lugar apropiado para que nuestro país exhibiera al mundo una nueva cara. Las imágenes que durante casi dos décadas habían estado asociadas a nuestro país -militares, protestas callejeras, represión política-, debían ser reemplazadas por otra.

Los encargados del proyecto enviaron un edificio curvo fabricado de pino y cobre que albergaría en su interior un gran trozo de hielo recogido del sur. La exposición tenía el simbolismo de llevarse a cabo a 500 años del desembarco de Colón en América, un aniversario que abría una oportunidad para debatir sobre las consecuencias de la conquista y del mestizaje posterior. Un tema apasionante que hacía solo un año había recobrado interés gracias a la publicación del ensayo Madres y Huachos, de Sonia Montecino, que apuntaba justamente a ese aspecto de nuestra identidad. Sin embargo el objetivo oficial era diferente. El comisario general del pabellón explicó que la meta no tenía nada que ver con esos temas; el horizonte era que los visitantes de la Expo Sevilla nos vieran, a los chilenos, como iguales a ellos. La labor de nuestros representantes era despejar dudas: no éramos “exóticos”, sino blancos y fríos, como un iceberg.

Lo que enviamos a Sevilla fue, más que la realidad, una expresión de deseo, el modo en que -supuestamente- querríamos ser vistos. La cáscara de una fantasía que nos mantenía a salvo de un pasado reciente áspero y violento. La transición democrática y las primeras décadas del nuevo siglo pueden ser descritas como el progresivo deshielo de aquel témpano enviado a Sevilla en 1992. En adelante, de forma apenas perceptible, los discursos oficiales sobre lo que éramos y deseábamos llegar a ser como pueblo comenzaron a desacoplarse de lo que ocurría en las profundidades. En la superficie escuchábamos a las autoridades congratulándose sobre estar de vuelta en el mundo. ¿Cuál era la manera predilecta elegida para insertarnos? Los tratados de libre comercio. Hubo quienes incluso bromearon con que Chile podía ser el “país 16” en años en que la Unión Europea la conformaban 15 naciones. Sin embargo, más abajo de la línea de flotación de aquel témpano aparecía un paisaje distinto: un país sin ley de divorcio, en donde persistía la censura cinematográfica; la república en donde una mujer había permanecido encerrada en un gallinero durante décadas sin que nadie le prestara auxilio y que los noticieros bautizaron como “mujer gallina”; un lugar donde el Estado subsidiaba la compra de casas minúsculas que se llovían a la primera tormenta. Había una distancia entre los discursos excitados por los logros macroeconómicos y la realidad a ras de piso. Esta brecha era matizada por la experiencia concreta del consumo.

Al mismo tiempo, las multitiendas comenzaban a ofrecer créditos a sectores que antes jamás los tuvieron, las grúas de construcción eran un denso bosque en amplias zonas de la capital, el desempleo que hacía tan solo una década había trepado a niveles inconcebibles -durante la época del PEM y el POJH- estaba bajo control y la inflación había dejado de ser una amenaza.

Eran hechos constatables que atravesaban nuestra experiencia cotidiana, marcando el temperamento y el carácter, impulsando una suerte de orgullo nuevo, algo destemplado, incierto, fabricado de un material que podía hacerse trizas al menor movimiento en falso.

 

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La generaciones de chilenos nacidas hasta los años 70 habían vivido su juventud y su infancia en un mundo distinto. En el país que ellos conocieron -que conocimos- la desnutrición infantil era un mal crónico y los niños se morían de diarrea y tifus. En esa época la pobreza significaba deambular descalzo mendigando pan duro tal como lo describió Gómez Morel en la novela El Río y como lo mostraba la película Morir un poco, de Álvaro Covacevich, en los 60. Las notas documentales de las primeras ediciones de la Teletón en los 80 registraban la miseria en la que malvivía la gran mayoría de las personas con discapacidad física, encerrados por sus familias. En ese universo las aspiraciones eran discretas. La noción de “éxito” relacionada con los talentos y el trabajo individual era un discurso inusual. Quien escalaba socialmente solía ser un individuo considerado sospechoso, tildado de arribista o siútico. El éxito económico de la transición sacudió ese discurso y lo encarnó primero en la imagen del empresario. Pero esa era una figura demasiado lejana para la gran mayoría. Además, rara vez representaban la historia de un ascenso real, sino más bien solo una variación en sus condiciones de riqueza y privilegios preexistentes. Quienes sí encajarían con la aspiración de ascenso fueron los nuevos héroes deportivos. Primero, los jugadores de la selección del Mundial Sub 17 de Japón de 1993, que lograron el tercer lugar de su categoría. Los medios hablaron de un “cambio de mentalidad” atribuible a una generación criada en una sociedad sin complejos con el triunfo. Era, otra vez, la expresión de un deseo que llenara una identidad difusa. Con esa selección comenzó la fabricación de modelos de conducta relacionados con el acto de competir y ganar: Marcelo Ríos representaba el desgano indolente; Iván Zamorano fue la gesta del muchacho esforzado de pueblo; Marcelo Salas fue el orgullo de que una estrella deportiva local lograra ser admirada en Argentina. Las revistas de papel couché buscaban ejemplos de éxito entre aquellos grupos sociales tradicionalmente asociados con la pobreza: los evangélicos, los indígenas, los provincianos y cualquier exalumno de liceo público. Como fuera, siempre se trataba de excepciones y rara vez el ejercicio contemplaba mujeres. Medrar socialmente era una actividad masculina.

En la campaña presidencial de 1999, Joaquín Lavín supo traducir esta nueva mirada con la frase “Alas para todos”. El bienestar era un asunto individual, las alas no eran sueños colectivos, sino posibilidades que cada quien alcanzaba. Con ese mensaje Lavín estuvo a punto de ganar la elección.

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Los rasgos con el que los cronistas durante un siglo describieron el carácter de los chilenos -grises, parcos, inseguros- comenzaban a presentar ligeras variaciones. “Vengo de un país pequeño”, dijo Salvador Allende frente a la Asamblea General de la ONU, reflejando el talante de su época: la discreción frente al extranjero, la sobriedad como talismán. Chile, más que pequeño en superficie, era pobre, lejano, aislado y deshabitado. Durante generaciones los chilenos fuimos criados en una cultura de los límites -físicos y simbólicos- y de la escasez. Incluso entre la clase alta existía una suerte de economía de medios a la hora de demostrar su rango: no era necesaria la ostentación material en un círculo en el que todos sabían muy bien qué lugar ocupar. Esta suerte de observancia del recato como norma tradicional comenzó a pasar al olvido por la prosperidad económica: la culpa católica que provocaba el consumo de artículos de lujo se esfumó -el cura John O’Reilly bendijo en una ocasión una automotora argumentando que era la marca de autos que usaría Dios- y el mercado irrumpió proveyendo de nuevos símbolos de estatus para los más acomodados y acceso al crédito para sectores que nunca antes lo habían tenido. El poder de la tarjeta de crédito se extendió como las alegorías discursivas en torno al nuevo lugar de Chile en la región. El imperio de los rankings de todo tipo -crecimiento, probidad, competitividad- devolvían el reflejo más que de un país en todas sus diferentes dimensiones, el de una economía que se ilustraba en gráficos.

La timidez y la falta de aplomo endémica fueron compensadas por una especie de pachorra reactiva, a veces avasallante y en ocasiones iracunda, que se presentaba sobre todo en los viajes a países vecinos en donde todo era peor que en casa. Esta percepción de la importancia relativa de nuestro país se acentuó con la llegada de la primera inmigración peruana a fines de los 90 y las que le seguirían hasta la actualidad. Aquello que considerábamos “exótico” en nuestro delirio de blancura y con lo que no queríamos ser confundidos, llegaba a vivir con nosotros.

La huella del fracaso, que servía como contrapunto al éxito, comenzó a ser dibujada en la figura del flaite, una nueva manera de aludir a quienes vivían en la miseria sin compasión ni culpa. Hombres y mujeres -choznos del roto y la china, tataranietos del gañán- con un acento ininteligible que circulan amenazantes como el recordatorio de que algo desconocido hierve en las periferias. Hay libertad total para burlarse de los flaites, repudiar su forma de vida y temerles. Los flaites son la última frontera a la que el resto no quiere acercarse, su mundo es el coto de caza de nuestra ferocidad.

En algún momento y gracias a la confluencia de muchos factores -la democracia, la apertura comercial, la televisión por cable, internet- nos acercamos al mundo como nunca antes. Y el mundo sintió curiosidad por nosotros. Cuando nos describían, ya no serían solo notas sobre represión política o la bonanza económica, sino otras miradas sobre lo que éramos o prometíamos ser.

En 2008, un par de años después de la revuelta de los pingüinos, el New York Times publicó un artículo titulado “En una maraña de labios, una rebelión sexual en Chile”. La nota daba cuenta de las nuevas costumbres de los adolescentes de un país “considerado uno de los más conservadores de Sudamérica”. El autor describía grupos de adolescentes sumidos en una cultura de ocio y hedonismo. “Nosotros no somos los hijos de la dictadura, somos los hijos de la democracia”, decía una de las entrevistadas. La nota también añadía un dato: “Chile es el mayor consumidor per cápita de tecnología digital de Latinoamérica, lo que incluye teléfonos celulares, televisión por cable y banda ancha de internet”.

Durante esos años fue que comenzamos a incorporar a nuestro vocabulario una palabra, “diversidad”, que representaba un valor invisible para las anteriores generaciones. También en esa época el discurso público dejó de hablar de pobreza y nos acostumbramos al concepto de “desigualdad”. La idea del triunfo como horizonte individual que caracterizó el dialecto más entusiasta de la transición tuvo un quiebre político, pero también cultural. Los índices de crecimiento ya no tenían el mismo efecto sobre nuestra propia percepción de identidad. Aquel paisaje blanco, impoluto y frío que alguna vez pensamos que nos representaba, nos dejó de parecer adecuado. Nos fuimos acercando a un espejo que nos devolvió una imagen llena de manchas -había corrupción, había abuso, había niñas pobres violadas que la policía nunca buscó- que acabó por desorientar a los antiguos expertos en el carácter nacional. Lo que hacía una década nos escandalizaba -mujeres que decidían tener hijos sin casarse, personas del mismo sexo que mantenían relaciones sentimentales, los cuerpos desnudos- ya no nos parecía tan extraño. Lo que antes sucedía sin que nadie se inquietara -mujeres golpeadas, transexuales asesinados- ahora nos parecía repudiable.

¿Somos más liberales? Tal vez algunos, quizás muchos, pero sin la influencia política y económica necesaria para provocar cambios importantes. Quizás se trate solo de un arco impreciso de sensibilidades que prefieren abrazar causas puntuales en lugar de militar, alzar la voz en marchas en lugar de votar. ¿Somos tan conservadores como siempre? Puede ser que solo los que siempre lo fueron y que ahora se muerden la lengua antes de opinar en público. Un grupo que no se muestra, pero actúa apretando las tuercas precisas para que los viejos andamiajes sigan ahí.

Buena parte de lo que somos es lo que aspiramos a ser en el futuro. Eso pensé mientras recordaba ese pasado reciente y todas las cosas que alguna vez soñamos llegar a ser.

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