Un mundo distinto del que imaginábamos

La historia es siempre más impredecible, rica y zigzagueante que el relato que nos quiere hacer creer que todo avanza en la dirección correcta. La de nuestros días así lo demuestra, una vez más.

Nadie, al finalizar el siglo XX, predijo que apenas unos años después de cruzado el umbral del nuevo milenio, pasarían las cosas que suceden hoy. No me refiero a las grandes tendencias.

El populismo, que había desaparecido desde la época de entreguerras, es hoy un dato clave de la vida política y social en esos países. La autosuficiencia petrolera de los Estados Unidos, cuya dependencia con respecto al Medio Oriente en parte condicionó su política exterior durante décadas, es otro dato impresionante. Como lo es la persistencia del desafío que el terrorismo islámico plantea a las sociedades occidentales a las que considera enemigas. Por último, el resurgimiento del imperialismo ruso, el hegemonismo que preside la política de China en su zona de influencia y la hecatombe vivida por Brasil han puesto paños fríos a la fiebre de los “emergentes”, hace algunos años simbolizados por el club de los “BRIC”.

La historia es siempre más impredecible, rica y zigzagueante que el relato que nos quiere hacer creer que todo avanza en la dirección correcta. La de nuestros días así lo demuestra, una vez más.

Empiezo por la última de las cuatro tendencias que he mencionado. Lo que los “BRIC” nos permiten concluir es que el camino de los “emergentes hacia la democracia liberal y la prosperidad será extremadamente sinuoso. No habrá, pues, en el mediano plazo, sustituto para las democracias liberales desarrolladas como grandes referentes del progreso. El endurecimiento político de China y Rusia, y sus amenazantes políticas exteriores (que conviven en el primer caso con un evidente dinamismo capitalista), no permiten augurar todavía un salto definitivo de ambos países al desarrollo. En el caso de India y Brasil, dos democracias, la fragilidad institucional y la ausencia de una idea clara sobre las claves del desarrollo económico también nos envían la señal de que tardarán mucho en dar ese salto.

Lo cual para América Latina no es una buena noticia. La Alianza del Pacífico, que tiene un tamaño económico parecido a Brasil, ha demostrado no estar en condiciones de ejercer el liderazgo de la región y ocupar el lugar que correspondería a Brasil si no estuviera pasando por una crisis tanto moral como de modelo socioeconómico.

Con esta mala noticia convive la buena noticia de que el populismo latinoamericano está de salida, en gran parte gracias a la “debacle” venezolana. Eso abre posibilidades de éxito a otros países que han estado bajo influencia chavista. A lo que podemos aspirar, como región, en los años inmediatos, es al progreso aislado de algunos países pero todavía no a ocupar un lugar de peso en el concierto mundial.

La primera tendencia que mencioné, la del populismo, es una paradoja: crece en el mundo desarrollado en el momento en que se empieza a retirar en el latinoamericano. Una combinación de factores -la secuela de la crisis financiera, la inmigración, el terrorismo, el declive de ciertas industrias tradicionales, la globalización como agente debilitador del Estado nación- asustan a mucha gente. Son temores que no tienen justificación real: por ejemplo, hoy hay pleno empleo en Estados Unidos a pesar de que en los últimos 20 años han desaparecido 28% de los puestos de trabajo en las industrias manufactureras. Pero ¿cuándo ha sido eso determinante en la vida política? El relato populista, mientras provea a una parte de los ciudadanos de justificaciones emocionalmente satisfactorias y ellos no experimenten el error en carne propia, tendrá seguidores.

La rebelión popular contra las elites y la explosión de las comunicaciones, que permiten a cada ciudadano ser hoy su propio partido, su propio Presidente o su propio periódico, ha dado al populismo mucha potencia en las democracias liberales de Occidente. Sea de izquierda (como Podemos en España) o derecha (como el Frente Nacional en Francia), también impactan a Europa.

Estados Unidos y Europa, sin embargo, a diferencia de América Latina, tienen democracias acendradas, instituciones fuertes y clases medias antiguas, todo lo cual defiende mejor a esos países contra el populismo. Por eso hemos visto una reacción contra él en Estados Unidos al interior del propio Partido Republicano, en los tribunales o en la sociedad civil, y por eso también hemos sido testigos de hechos como el surgimiento de Emmanuel Macron como líder de una corriente europea globalista.

De allí que podamos pronosticar que el populismo no logrará imponer sus recetas en las democracias liberales en general. Lo hará esporádicamente, aquí o allá, dificultará mucho el avance hacia la libre circulación de personas, bienes, capitales o ideas, pero el antipopulismo será una fuerza vigilante contra el populismo.

Las otras dos tendencias importantes de nuestro tiempo -la revolución del “shale”, que disminuye la importancia del petróleo del Golfo Pérsico para Estados Unidos y el mundo, y el terrorismo como fenómeno persistente- también permiten algunos pronósticos.

La relativa disminución del peso del petróleo del Golfo tendrá a la larga un efecto debilitador sobre las monarquías dictatoriales y sus aliados (como Egipto). Tal vez abra nuevas oportunidades para la democratización que fracasó con la Primavera Árabe. El subdesarrollo de esas sociedades será más difícil de justificar si su petróleo ya no les garantiza la relación económica y política que tenían con las democracias de Occidente. Este cambio, por supuesto, será de lenta cocción, pues los hidrocarburos árabes seguirán siendo importantes (por ejemplo, en el mercado asiático). A mediano y largo plazo, la principal consecuencia del “shale” puede ser el impulso de cambio en el mundo árabe.

El terrorismo -cuarta pata de la mesa contemporánea- reforzará las tendencias nacionalistas en una parte de la población occidental. También contribuirá a mantener viva la tensión, notoria desde los atentados del 11 de septiembre, entre libertad y seguridad. Los excesos de la seguridad invaden siempre los predios de la libertad. Cuando están bajo la trama del terror, a menudo los ciudadanos libres están dispuestos a sacrificar espacios de libertad para sentirse menos amenazados. Esto lo saben bien los demagogos que seguirán apareciendo de tanto en tanto.

Hechas las sumas y las restas, el mundo de hoy ofrece más razones para el optimismo que para el pesimismo. El camino, eso sí, será accidentado, estará lleno de falsos atajos y pondrá con frecuencia a prueba la ilusión del progreso. Pero ¿cuándo ha funcionado el mundo de otra manera?

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